Nos han enseñado a desconfiar del dolor como si fuera un enemigo público. Apenas aparece, queremos silenciarlo, esquivarlo o anestesiarlo. Vivimos en una cultura que premia la comodidad inmediata y que interpreta cualquier malestar como un error que debe corregirse cuanto antes. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué está señalando ese dolor y qué parte de nosotros está siendo puesta en evidencia.
No todo lo que incomoda es una amenaza, y no todo lo que duele es un retroceso. A veces el malestar aparece cuando una etapa se agota, cuando una relación cambia o cuando una decisión nos obliga a abandonar una versión antigua de nosotros mismos. Antes de catalogarlo como algo negativo, conviene analizar qué función está cumpliendo y qué mensaje intenta transmitir en nuestro proceso de crecimiento personal.
Seguir leyendoVisitas: 13