«No todo el que está bien sonríe todo el tiempo.» Hemos aprendido a identificar el bienestar con una felicidad constante, visible y casi obligatoria. Como si una vida equilibrada tuviera que estar llena de entusiasmo, energía y optimismo permanente. Esa idea, repetida durante años, ha terminado por convertir cualquier momento de calma, neutralidad o simple normalidad en algo sospechoso.
Sin embargo, la experiencia cotidiana suele ser mucho más compleja que ese modelo idealizado. Hay días en los que uno funciona, cumple con sus responsabilidades, mantiene relaciones sanas y se siente en paz, sin experimentar una felicidad intensa. Y, aun así, aparece la duda: si no me siento especialmente feliz, ¿significa que no estoy bien? Esa pregunta merece una reflexión más profunda de la que acostumbramos a hacer.
Seguir leyendoVisitas: 2