A nadie le sorprende que cambien las ciudades, los trabajos o las costumbres. Sin embargo, cuando quien cambia eres tú, parece que el entorno espera estabilidad eterna. También las amistades. Como si crecer implicara firmar un contrato silencioso donde todo debe permanecer igual, incluso cuando por dentro ya no lo está.
Con el paso del tiempo, la evolución personal empieza a tocar espacios que antes dábamos por sentados. Las conversaciones, las prioridades, la forma de estar y de compartir se transforman. Y es ahí donde muchas amistades se ponen a prueba, no por falta de cariño, sino por la dificultad de aceptar que las personas no se quedan quietas mientras la vida avanza.
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