Vivimos en una época en la que todo parece necesitar testigos. Si alguien se cuida, lo anuncia; si alguien se supera, lo publica; si alguien se quiere, lo declara en voz alta. Da la impresión de que el amor propio, para ser legítimo, debe ir acompañado de una narrativa visible. Sin embargo, entre tanta exposición, surge una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando uno decide quererse sin hacer ruido?
Esta reflexión nace precisamente ahí, en ese espacio discreto donde la autoestima no busca aplausos ni necesita escenario. No se trata de negar la expresión, sino de cuestionar la dependencia de ella. Hoy quiero situarte frente a una forma menos llamativa y más íntima de amor propio, una que no compite, no presume y no necesita convencer a nadie.
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