La mitad del año suele llegar antes de que nos demos cuenta y más tarde de lo que esperábamos. Pasan los meses entre obligaciones, rutinas, objetivos y preocupaciones, hasta que un día el calendario nos recuerda que ya hemos recorrido una parte importante del camino. Resulta curioso cómo muchas personas revisan balances económicos, resultados profesionales o tareas pendientes, pero rara vez se detienen a observar con la misma atención cómo se encuentran por dentro.
Llegar al ecuador del año puede convertirse en una oportunidad para hacer una pausa consciente. No para medir el valor personal a través de los logros alcanzados ni para elaborar una lista de reproches sobre lo que quedó pendiente, sino para mirar con cierta honestidad el recorrido realizado hasta ahora. Entre lo que imaginábamos en enero y la realidad que vivimos hoy suele existir una distancia que merece ser observada con calma antes de emitir cualquier juicio.
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