Hemos conseguido que tener prisa parezca una forma de demostrar que nuestra vida importa. Vivimos con la sensación de que siempre llegamos tarde a alguna parte. Contestamos mientras caminamos, pensamos en lo siguiente mientras hacemos lo anterior y convertimos cualquier momento vacío en una oportunidad para hacer algo más. Incluso cuando nadie nos espera y nada especialmente urgente está ocurriendo, seguimos acelerando. Como si detenernos durante un instante fuera una pérdida de tiempo que después tendremos que justificar.
La prisa no siempre se presenta como una carrera evidente. A veces aparece en la necesidad de terminar cuanto antes, en la incomodidad de no estar haciendo nada o en esa sensación persistente de que deberíamos aprovechar mejor cada minuto. Hemos aprendido a medir los días por todo lo que conseguimos encajar en ellos, sin preguntarnos demasiado qué precio tiene vivir permanentemente pendientes del siguiente momento. Y quizá ahí empieza una cuestión más profunda: qué ocurre con nuestra manera de vivir cuando dejamos de experimentar el tiempo y empezamos simplemente a perseguirlo.
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