Hoy toca el pensamiento 18: Rutinas que sostienen y que no asfixien. Durante años se nos ha vendido la rutina como un enemigo silencioso: repetitiva, gris, asfixiante. Curiosamente, ese discurso convive con otro igual de ruidoso que nos exige estabilidad, constancia y disciplina emocional. Entre ambos mensajes, el lector suele quedarse atrapado en una contradicción incómoda: necesita rutinas para sostenerse, pero teme que esas mismas rutinas terminen apagándolo por dentro.
Hablar de rutinas no es hablar de horarios ni de productividad, sino de cómo nos organizamos para no desbordarnos. Y hablar de nostalgia no es mirar atrás con idealización, sino reconocer que algo del pasado sigue teniendo sentido hoy. Este artículo se mueve justo ahí: en ese punto donde las rutinas pueden ser refugio o carga, y donde la nostalgia no paraliza, sino que señala. Aquí no se trata de romperlo todo ni de aferrarse sin criterio, sino de entender qué sostiene y qué empieza a pesar.

Visitas: 8