Hay personas que entran en una habitación y parece que todo se vuelve un poco más fácil. Otras, sin levantar la voz ni hacer nada extraordinario, consiguen que el ambiente se vuelva incómodo. Lo curioso es que, en muchos casos, ninguna de ellas es consciente de lo que provoca. No siempre somos conscientes de la huella que dejamos en los demás, ni del efecto que nuestra presencia tiene sobre quienes nos rodean. A veces basta una mirada, una forma de escuchar o una respuesta aparentemente insignificante para cambiar el tono de una conversación.
En nuestras relaciones cotidianas prestamos mucha atención a las palabras, a las decisiones y a los gestos más evidentes, pero pocas veces nos detenemos a observar aquello que transmitimos sin proponérnoslo. La manera de afrontar un problema, de reaccionar ante una dificultad o de tratar a alguien cuando estamos cansados también forma parte de nuestra comunicación. No hace falta pronunciar un discurso para influir en el estado emocional de otra persona. Y, aunque solemos fijarnos en cómo nos hacen sentir los demás, rara vez nos preguntamos qué experimentan ellos cuando están a nuestro lado.
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