Hay algo casi irónico en la forma en la que entendemos la paciencia: la tratamos como una especie de castigo silencioso, como si esperar fuese simplemente aguantar sin rechistar hasta que algo cambie. Vivimos rodeados de inmediatez, donde todo parece resolverse en segundos, y sin embargo, lo importante —lo que de verdad nos atraviesa— sigue funcionando a otro ritmo. Uno que no se puede acelerar sin romperlo.
En ese contexto, hablar de paciencia no es hablar de pasividad, sino de una actitud mucho más incómoda y exigente: la de sostener sin controlar. La de permanecer cuando no hay certezas, cuando los resultados no aparecen y cuando la tentación de forzar lo que aún no está listo se vuelve constante. Es ahí donde la paciencia deja de ser una espera y empieza a tomar otro significado.
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