«Nos han enseñado a reconocer la felicidad por el ruido que hace, no por la paz que deja.» Parece que solo merece ese nombre aquello que cambia una vida, llena titulares o provoca una emoción difícil de olvidar. Sin embargo, esa manera de entenderla ha convertido algo cotidiano en una meta casi inalcanzable. Mientras esperamos el gran momento, muchas experiencias pasan desapercibidas porque no encajan con la imagen que habíamos construido.
Vivimos rodeados de mensajes que presentan la felicidad como una sucesión de logros extraordinarios, viajes memorables o acontecimientos que deberían marcar un antes y un después. Esa comparación constante termina modificando nuestras expectativas y, sin darnos cuenta, empezamos a medir nuestra propia vida con un criterio que rara vez se corresponde con la realidad. Ahí es donde nace una pregunta que merece ser explorada con calma.
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