Hoy es 30 DE OCTUBRE DE 2026. Hay emociones a las que les exigimos demasiado. Queremos que el miedo desaparezca pronto, que deje de incomodarnos y que no interfiera en nuestra manera de vivir. Nos gustaría poder mirarlo desde cierta distancia, como si comprenderlo fuera suficiente para dejar de sentirlo. Y cuando eso no sucede, aparece una segunda carga: la frustración de seguir teniendo miedo. Ya no solo nos preocupa aquello que nos asusta; también empezamos a reprocharnos no haber conseguido dejar de sentirlo.
Con el tiempo, podemos llegar a interpretar el miedo como una señal de debilidad, una falta de confianza o una prueba de que todavía no estamos preparados. Nos comparamos con quienes parecen avanzar sin dudar y olvidamos que desconocemos buena parte de lo que ocurre dentro de los demás. Así, una emoción que ya resulta incómoda termina convirtiéndose en un motivo de juicio personal. Quizá por eso merece la pena detenerse en una cuestión que no siempre nos planteamos: qué relación mantenemos con nuestro miedo cuando deja de ser algo que queremos resolver y pasa a formar parte de lo que estamos viviendo.
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