Vivimos en una época extraña: descansar necesita justificación, parar parece una pérdida y estar en silencio con uno mismo casi requiere disciplina. Hemos aprendido a hacer tantas cosas que olvidamos cómo estar sin producir. Entre objetivos, tareas y la sensación constante de tener que avanzar, permanecer quieto puede resultar más incómodo que el propio cansancio. Y quizá eso diga más sobre nuestra forma de vivir que sobre nuestro ritmo.
Aprender a estar sin hacer no significa renunciar a las responsabilidades ni abandonar las metas. Habla de otra capacidad menos visible: sostener una pausa sin sentir culpa, sin buscar inmediatamente llenar el vacío con ruido o actividad. Porque hay momentos en los que detenerse no interrumpe el camino; simplemente permite reconocer dónde estamos.
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