Pensamiento 18: RUTINAS QUE SOSTIENEN Y QUE NO ASFIXIEN

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Hoy toca el pensamiento 18: Rutinas que sostienen y que no asfixien. Durante años se nos ha vendido la rutina como un enemigo silencioso: repetitiva, gris, asfixiante. Curiosamente, ese discurso convive con otro igual de ruidoso que nos exige estabilidad, constancia y disciplina emocional. Entre ambos mensajes, el lector suele quedarse atrapado en una contradicción incómoda: necesita rutinas para sostenerse, pero teme que esas mismas rutinas terminen apagándolo por dentro.

Hablar de rutinas no es hablar de horarios ni de productividad, sino de cómo nos organizamos para no desbordarnos. Y hablar de nostalgia no es mirar atrás con idealización, sino reconocer que algo del pasado sigue teniendo sentido hoy. Este artículo se mueve justo ahí: en ese punto donde las rutinas pueden ser refugio o carga, y donde la nostalgia no paraliza, sino que señala. Aquí no se trata de romperlo todo ni de aferrarse sin criterio, sino de entender qué sostiene y qué empieza a pesar.

Pensamiento 18: RUTINAS QUE SOSTIENEN Y QUE NO ASFIXIEN
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La rutina suele cargar con una mala fama curiosa: o se la acusa de apagar la vida o se la defiende como si fuera una virtud moral incuestionable. En medio de ese juicio constante, pocas veces se analiza para qué sirve realmente una rutina en la vida emocional de una persona. No está ahí para imponer orden por sí mismo, ni para demostrar fortaleza, sino para ofrecer un mínimo de estabilidad cuando el entorno o el ánimo no la garantizan.

Una rutina sana actúa como ancla emocional: reduce la incertidumbre diaria, libera energía mental y permite que ciertas decisiones no tengan que renegociarse constantemente. Esto no significa rigidez, sino previsibilidad suficiente para sostenerse. El problema aparece cuando se confunde estabilidad con inmovilidad, y se mantiene una rutina que ya no cumple su función original, pero se conserva por miedo a perder control o identidad.

Entre los errores más comunes está pensar que toda rutina es automáticamente buena si “funciona” en lo práctico, aunque desgaste por dentro. Otro fallo habitual es copiar rutinas ajenas sin considerar el contexto personal, los ritmos propios o el momento vital. También es una mala práctica eliminar rutinas sin criterio, bajo la promesa de libertad, para descubrir después una sensación mayor de desorden y cansancio.

Entender la rutina como herramienta —no como norma— permite empezar a diferenciar lo que sostiene de lo que aprieta. Esa distinción no es inmediata, pero es necesaria.

La nostalgia suele ser tratada como una debilidad discreta, algo que conviene disimular para no parecer anclado al pasado. Se la confunde con resistencia al cambio o con incapacidad para avanzar, cuando en realidad suele aparecer justo en momentos de ajuste. No llega para frenar, sino para avisar. El problema no es sentir nostalgia, sino no saber leer lo que está señalando.

Desde una mirada más funcional, la nostalgia actúa como una señal de necesidad emocional. Aparece cuando algo que antes estaba cubierto —un ritmo, un vínculo, una forma de estar— ha desaparecido o se ha diluido. No implica que el pasado fuese mejor, sino que cumplía una función que hoy no está siendo atendida. Ignorar esa señal suele llevar a forzar rutinas vacías o a mantener estructuras que ya no conectan con lo interno.

Un error frecuente es interpretar la nostalgia como un mandato de volver atrás, lo que conduce a idealizaciones poco realistas. Otro, igual de común, es negarla por completo y sustituirla por actividad constante o cambios impulsivos. Ambas respuestas evitan la pregunta de fondo: ¿qué necesidad legítima no está siendo escuchada?

Integrar la nostalgia de forma madura permite usarla como criterio de revisión, no como excusa. En el contexto de las rutinas, ayuda a detectar qué prácticas sostenían emocionalmente y cuáles solo ocupaban tiempo. Así, deja de ser una carga y empieza a funcionar como orientación.

Gran parte del desgaste cotidiano no proviene de lo que hacemos, sino del ritmo al que lo hacemos. Muchos hábitos se mantienen no porque encajen con la realidad personal, sino porque responden a expectativas externas: horarios sociales, modelos de productividad, ideas heredadas sobre cómo “debería” vivirse el día. El problema aparece cuando esos ritmos se interiorizan sin revisión y se confunden con elecciones propias.

Respetar los ritmos personales no implica vivir al margen de toda estructura, sino reconocer los límites reales de energía, atención y presencia emocional. Cada etapa vital exige ajustes distintos, y pretender sostener el mismo ritmo en contextos cambiantes suele derivar en cansancio crónico o desconexión. Aquí la nostalgia vuelve a aparecer, no como deseo de volver atrás, sino como recuerdo de un tiempo en el que el ritmo era más habitable.

Entre las malas prácticas más habituales está forzar rutinas intensas en nombre de la disciplina, ignorando señales claras de saturación. También es común lo contrario: rechazar cualquier estructura por considerarla impuesta, lo que termina generando desorden y sensación de deriva. Ambas posiciones evitan el trabajo más incómodo: diferenciar qué ritmo es propio y cuál se ha asumido sin cuestionarlo.

Revisar los ritmos no es una renuncia, sino un ajuste necesario para que las rutinas sigan sosteniendo sin asfixiar.

No toda repetición construye estabilidad. Repetir puede ser una elección que cuida o un automatismo que anestesia, y la diferencia no siempre es evidente. Muchas rutinas nacen con sentido, pero con el tiempo se vacían de intención y se mantienen solo por inercia. Cuando eso ocurre, dejan de sostener y empiezan a pesar, aunque externamente sigan “funcionando”.

La repetición consciente implica saber por qué se hace lo que se hace, incluso cuando no apetece. Hay una decisión activa detrás, aunque sea mínima. El automatismo, en cambio, elimina esa pregunta: se repite para no pensar, para no revisar o para evitar el vértigo del cambio. Esta forma de funcionar no suele generar conflicto inmediato, pero sí una sensación difusa de desconexión que cuesta nombrar.

Un error frecuente es confundir constancia con rigidez, creyendo que cuestionar una rutina equivale a debilitarla. Otro es romper con hábitos útiles por el simple cansancio que produce el automatismo, cuando lo que necesita ajuste no es la acción, sino el sentido que la sostiene. También es habitual esperar a estar desbordado para revisar, en lugar de hacerlo de forma preventiva.

Distinguir entre repetición consciente y automatismo permite rescatar rutinas valiosas sin quedar atrapado en ellas. No se trata de hacer menos, sino de volver a habitar lo que se repite.

Existe la creencia de que una rutina solo funciona si se cumple de forma exacta, sin variaciones ni concesiones. Bajo esa lógica, cualquier ajuste se vive como un fallo personal o una pérdida de control. Sin embargo, las estructuras que realmente sostienen no lo hacen por rigidez, sino porque admiten margen. La estabilidad no depende de la perfección, sino de la capacidad de adaptarse sin romperse.

Incorporar espacios flexibles dentro de una rutina permite responder a cambios de ánimo, energía o contexto sin necesidad de desmontarlo todo. No se trata de improvisar constantemente, sino de prever que habrá días distintos y darles un lugar legítimo. Esta flexibilidad reduce la culpa y evita que la rutina se convierta en una fuente más de presión interna.

Una mala práctica habitual es diseñar rutinas demasiado ajustadas, sin tiempo para el error, el descanso o lo imprevisto. Otra es usar la flexibilidad como excusa para desdibujar toda estructura, lo que termina generando sensación de inestabilidad. En ambos casos, el problema no es la flexibilidad en sí, sino la falta de criterio con el que se aplica.

Cuando las rutinas integran espacios de adaptación, dejan de vivirse como imposición y recuperan su función principal: sostener sin asfixiar.

Revisar una rutina suele vivirse como una amenaza: si algo se cuestiona, parece que todo corre el riesgo de venirse abajo. Esta lógica empuja a dos extremos poco útiles: aguantar sin revisar o romper de forma abrupta. Sin embargo, la revisión no implica demolición, sino mantenimiento consciente. Ajustar no es renunciar a lo que sostiene, sino evitar que se deteriore por desgaste.

Revisar implica observar qué partes de una rutina siguen cumpliendo su función y cuáles han quedado desalineadas con el momento vital actual. No se trata de introducir cambios constantes, sino de permitir pequeñas correcciones que devuelvan sentido. Aquí la nostalgia vuelve a tener un papel práctico: señala prácticas que antes sostenían y hoy quizá necesiten otra forma, no necesariamente desaparecer.

Un error común es esperar a estar agotado para revisar, cuando la saturación ya dificulta cualquier ajuste sereno. Otro es cambiar demasiadas cosas a la vez, generando inestabilidad innecesaria. También es frecuente interpretar la revisión como señal de fracaso personal, cuando en realidad suele ser una muestra de responsabilidad emocional.

Ajustar lo que ya funciona permite conservar la base sin quedar atrapado en ella. Las rutinas no están para demostrar constancia, sino para seguir siendo habitables con el paso del tiempo.


Las rutinas no son un fin en sí mismas, sino un medio para transitar la vida con mayor estabilidad emocional. A lo largo del artículo se ha planteado una mirada que huye tanto de la rigidez como del rechazo sistemático: entender qué rutinas sostienen, qué señales emocionales aparecen cuando dejan de hacerlo y cómo la nostalgia puede funcionar como criterio de ajuste, no como freno. Cuando se revisan con atención, las rutinas dejan de ser una carga silenciosa y recuperan su sentido original.

El cierre práctico es claro: no se trata de hacer más ni de romper con todo, sino de observar, ajustar y permitir margen. Revisar ritmos, introducir flexibilidad y recuperar la intención en lo que se repite son acciones concretas que mantienen la estructura sin asfixiar. Así, las rutinas dejan de imponerse y pasan a acompañar, sosteniendo sin ocupar más espacio del necesario.

Yo no creo que el problema sean las rutinas. Creo que el problema es la falta de honestidad con la que muchos las sostienen. Se mantienen hábitos que ya no cuidan, se defienden estructuras que solo evitan pensar y se llama estabilidad a lo que en realidad es miedo al cambio. He visto demasiadas veces cómo se justifica el desgaste con la excusa de la constancia, como si aguantar fuese una virtud en sí misma. Para mí no lo es.

También pienso que se ha banalizado la nostalgia hasta convertirla en algo incómodo o inútil. Yo no la trato como un estorbo, sino como un aviso claro de que algo se ha perdido por el camino. Ignorarla es cómodo, pero irresponsable. Prefiero revisar, ajustar y asumir incomodidades antes que seguir funcionando en automático. Este proyecto no está aquí para tranquilizar conciencias, sino para cuestionar lo que ya no sostiene, aunque duela.


Espero que si un día te cruzas con este post, te sirva para pensar que haces con tu vida, que deseas, que necesitas y, por supuesto, te deseo que seas un pensador de libre pensamiento. Gracias por venir a la locura de mis pensamientos.

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