Hoy es 19 DE FEBRERO DE 2026. A veces el día se convierte en un pulso silencioso. No tanto con los demás, sino con esa necesidad interna de demostrar que tenemos razón, de dejar claro nuestro punto, de no quedar por debajo. Esa tensión se instala sin hacer ruido, pero ocupa espacio en la cabeza y en el cuerpo.
Hay una presión sutil que nos empuja a no ceder nunca, como si ceder fuera perder. Y en medio de conversaciones que podrían ser simples, aparece el desgaste. No siempre es enfado; a veces es solo cansancio de sostener algo que empieza a pesar más de lo que aporta.
La reflexión del 19 DE FEBRERO DE 2026
A veces elijo paz
Hoy entendí que no siempre necesito tener razón. Hay días en los que defender mi postura pesa más que el silencio, y el cansancio no viene del otro, viene de mí.
No es rendirme, es cuidarme. Es aceptar que mi paz vale más que una discusión interminable, aunque por dentro siga sintiendo que tengo argumentos.
Elegir paz también es madurar.
¿LO ANALIZAMOS?
El desgaste de querer tener la última palabra
A veces no discutimos por el tema en sí, sino por lo que sentimos cuando creemos que no nos entienden. Se activa algo antiguo: la necesidad de validar lo que somos a través de lo que opinamos. Y sin darnos cuenta, cada conversación se convierte en una pequeña batalla que no siempre merece ser librada.
El error no es defender una idea. El problema aparece cuando confundimos razón con identidad, cuando pensamos que ceder un punto nos quita valor. Esa mirada rígida nos va tensando por dentro. No es dramático, pero sí constante. Y lo constante termina pesando.
Cuando la calma empieza a importar más
Hay un momento, casi silencioso, en el que uno empieza a notar que discutir ya no compensa. No porque falten argumentos, sino porque sobra cansancio. Y reconocer eso no es debilidad; es darse cuenta de lo que el cuerpo y la mente ya venían diciendo.
Habitar ese punto es extraño al principio. No se trata de callar siempre ni de dar la razón sin sentirla. Es simplemente observar que la paz tiene un valor propio, incluso cuando por dentro seguimos sabiendo que podríamos ganar la discusión.
CONCLUSIÓN
Con el tiempo uno empieza a notar que no todo merece la misma energía. Algunas conversaciones dejan huella, otras solo dejan ruido. Y distinguir entre ambas no siempre es fácil, pero sí necesario para entender qué estamos sosteniendo y por qué.
Quizá la verdadera madurez no esté en demostrar nada, sino en observarse por dentro y reconocer qué nos está moviendo. A veces no es la verdad lo que buscamos defender, sino una parte sensible que solo quiere sentirse tranquila.
LA OPINIÓN PERSONAL DE ENDIKA
Yo ya no quiero ganar discusiones que me dejan vacío. Durante mucho tiempo confundí firmeza con rigidez, y aprendí que tener razón no siempre me hacía sentir en paz. Hoy me importa más cómo termino una conversación que cómo la empiezo.
Este proyecto nace desde ahí: desde la decisión consciente de priorizar el bienestar emocional sobre el orgullo. No escribo para convencer a nadie, escribo porque he entendido que mi calma vale más que cualquier argumento bien construido.
Un fuerte abrazo de un vasco que ha reflexionado.
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BIENVENIDO A LA PORTADA DE UNA LOCURA REFLEXIVA.
Estas son las reflexiones de un vasco que a lo largo de su vida se han ido almacenando en su cabeza.
