Reflexión 19: QUERERSE SIN HACER RUIDO

Vivimos en una época en la que todo parece necesitar testigos. Si alguien se cuida, lo anuncia; si alguien se supera, lo publica; si alguien se quiere, lo declara en voz alta. Da la impresión de que el amor propio, para ser legítimo, debe ir acompañado de una narrativa visible. Sin embargo, entre tanta exposición, surge una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando uno decide quererse sin hacer ruido?

Esta reflexión nace precisamente ahí, en ese espacio discreto donde la autoestima no busca aplausos ni necesita escenario. No se trata de negar la expresión, sino de cuestionar la dependencia de ella. Hoy quiero situarte frente a una forma menos llamativa y más íntima de amor propio, una que no compite, no presume y no necesita convencer a nadie.

Reflexión 19: AMISTADES QUE CAMBIAN CONTIGO

En los últimos años hemos confundido con facilidad el amor propio con su versión más escenificada. Parece que, si no se verbaliza constantemente lo mucho que uno se valora, entonces no es real. Como si la autoestima necesitara micrófono y audiencia para existir. Esta lógica convierte algo íntimo en un acto performativo, donde el foco deja de estar en el crecimiento personal y se desplaza hacia la imagen proyectada.

El amor propio silencioso no compite ni se compara. No necesita demostrar superioridad ni construir una identidad basada en la admiración ajena. Es una práctica interna: aceptar límites, reconocer errores sin humillarse y tomar decisiones coherentes aunque no generen aprobación. Confundirlo con narcisismo es un error habitual. El narcisismo busca validación constante; el amor propio maduro busca estabilidad interna.

Una mala práctica frecuente es utilizar el discurso del “yo primero” como excusa para evitar responsabilidades o desentenderse del impacto en los demás. Quererse sin hacer ruido no significa ignorar al entorno ni colocarse por encima. Significa actuar desde el respeto hacia uno mismo sin convertir esa actitud en una herramienta de exhibición o superioridad moral.

Poner límites se ha convertido, en algunos contextos, en una declaración pública. Se anuncia el corte, se explica la decisión y, a veces, se convierte en relato épico. Sin embargo, un límite no necesita espectáculo para ser válido. Cuanto más sólido es, menos explicación requiere. El exceso de dramatización suele esconder inseguridad o necesidad de aprobación.

Un límite firme es una decisión clara y coherente con los propios valores. Implica saber hasta dónde se puede llegar y qué no se está dispuesto a tolerar. No se trata de reaccionar impulsivamente, sino de actuar con serenidad. Decir no, retirarse de una conversación dañina o tomar distancia de una relación puede hacerse sin agresividad y sin buscar testigos.

Un error habitual es confundir límites con castigos. Cuando el límite se utiliza para manipular, herir o provocar culpa, deja de ser una herramienta de autocuidado y se convierte en una forma encubierta de control. Quererse sin hacer ruido implica sostener las propias decisiones sin necesidad de justificar cada paso ni convertir cada ruptura en una declaración pública.

La coherencia personal no es un concepto abstracto, es una práctica diaria. Muchas personas hablan de amor propio mientras toleran situaciones que las desgastan o sostienen discursos que no aplican en su vida. Esa distancia entre lo que se afirma y lo que se hace debilita la autoestima. No por falta de intención, sino por falta de alineación.

Quererse sin hacer ruido implica revisar si las decisiones están en sintonía con los valores declarados. Si se defiende el respeto, debe reflejarse en las relaciones. Si se habla de autocuidado, debe traducirse en límites reales, descanso adecuado y elecciones conscientes. La coherencia no exige perfección, pero sí honestidad con uno mismo.

Una mala práctica frecuente es utilizar el discurso del crecimiento personal como identidad pública, sin asumir el trabajo privado que lo respalda. Publicar reflexiones no equivale a vivirlas. La autoestima sólida se construye cuando pensamiento, emoción y acción avanzan en la misma dirección, aunque nadie lo esté observando.

La necesidad de aprobación es una inclinación humana comprensible, pero cuando se convierte en el eje de la identidad, erosiona la autoestima. Muchas decisiones se toman para evitar críticas, encajar en determinados entornos o sostener una imagen aceptable. En ese proceso, la opinión externa empieza a pesar más que la convicción interna.

Quererse sin hacer ruido exige revisar hasta qué punto el reconocimiento ajeno condiciona la conducta. No se trata de ignorar todo feedback ni de adoptar una postura defensiva, sino de distinguir entre escuchar y depender. La validación puede ser agradable, pero no debería definir el valor personal ni marcar el rumbo vital.

Un error frecuente es disfrazar la búsqueda de aprobación como “buena educación” o “adaptabilidad”. Cuando la flexibilidad implica traicionar principios o silenciar necesidades legítimas, deja de ser virtud. La identidad madura se sostiene en criterios propios, incluso cuando estos no generan aplauso inmediato.

El autocuidado suele asociarse a gestos visibles o a momentos puntuales de descanso. Sin embargo, quererse sin hacer ruido implica algo menos llamativo y más constante: decisiones pequeñas y sostenidas que protegen la salud física, mental y emocional. No es un evento, es una disciplina silenciosa.

Practicarlo de forma discreta significa no convertir cada hábito saludable en una declaración pública. Dormir lo suficiente, organizar el tiempo con criterio, elegir relaciones sanas o pedir ayuda cuando es necesario no requieren validación externa. Son actos de responsabilidad personal. La estabilidad se construye desde esa repetición cotidiana que nadie celebra, pero que sostiene.

Un error habitual es reducir el autocuidado a recompensas superficiales o a excusas para evitar compromisos necesarios. También es frecuente abandonarlo cuando no produce resultados inmediatos. El amor propio real no depende de la visibilidad ni de la gratificación instantánea. Se consolida cuando uno se trata con respeto incluso en lo que no se ve.

Quererse sin hacer ruido no es una postura pasiva ni una estrategia estética. Es una forma de relacionarse consigo mismo desde la coherencia, los límites claros, la independencia emocional y el cuidado constante. No busca reconocimiento ni construye identidad sobre la mirada ajena. Se sostiene en decisiones privadas que, acumuladas en el tiempo, fortalecen la estabilidad personal.

El cierre práctico es sencillo: revisa qué parte de tu autoestima depende de ser vista y qué parte depende de ser fiel a ti mismo. Ajusta lo necesario sin necesidad de anunciarlo. La madurez emocional no se proclama, se practica. Y cuando el amor propio deja de ser espectáculo, empieza a convertirse en estructura.


Yo no creo en el amor propio que necesita espectadores. No creo en los discursos inflados que hablan de autoestima mientras dependen del aplauso para sostenerse. Veo demasiada exposición disfrazada de crecimiento y demasiada fragilidad escondida detrás de frases contundentes. Si para sentirte valioso necesitas recordárselo al mundo cada día, no estás construyendo autoestima, estás gestionando imagen.

Mi posicionamiento es claro: el amor propio real se demuestra en privado, en decisiones incómodas, en coherencia silenciosa y en límites que no se negocian aunque nadie los celebre. Este proyecto no está para alimentar egos ni para convertir la introspección en espectáculo. Está para incomodar, para hacer pensar y para recordarnos que la madurez emocional no se publica, se ejerce.


Espero que si un día te cruzas con este post, te sirva para pensar que haces con tu vida, que deseas, que necesitas y, por supuesto, te deseo que seas un pensador de libre pensamiento. Gracias por venir a la locura de mis pensamientos.

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Estas son las reflexiones de un vasco que a lo largo de su vida se han ido almacenando en su cabeza.

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