PENSAMIENTO 33: ELEGIRSE AUNQUE DUELA

Pensamiento 16: La importancia de los límites emocionales

Hoy toca el pensamiento 33: Elegirse aunque duela. Hay decisiones que no parecen importantes hasta que llega el momento de tomarlas. Durante mucho tiempo podemos acostumbrarnos a ceder, callar, comprender demasiado o permanecer donde ya no estamos bien, todo con tal de evitar un conflicto. A veces nos han enseñado a cuidar tanto de los demás que terminamos olvidando que nosotros también formamos parte de la ecuación. Y lo curioso es que nadie suele felicitarnos por haber aprendido a desaparecer con tanta educación.

Elegirse no siempre tiene una apariencia amable. En ocasiones significa decepcionar expectativas, cambiar dinámicas conocidas o aceptar que algunas personas no van a entender aquello que necesitamos. También puede implicar enfrentarse a esa incomodidad tan humana de preguntarse qué queda cuando dejamos de vivir pendientes de lo que otros esperan. Porque hay momentos en los que el problema no está en no saber qué queremos, sino en atrevernos a reconocerlo sin disfrazarlo de obligación, prudencia o costumbre.

PENSAMIENTO 33: ELEGIRSE AUNQUE DUELA
PENSAMIENTO 33: ELEGIRSE AUNQUE DUELA

Abandonarse a uno mismo no siempre significa renunciar de forma evidente a lo que queremos. A menudo aparece en pequeñas decisiones repetidas: aceptar aquello que nos incomoda, silenciar una necesidad para evitar problemas o mantener una relación únicamente porque nos resulta difícil asumir el cambio. El primer error es pensar que solo nos traicionamos cuando hacemos algo que no queremos, porque también ocurre cuando dejamos de escuchar lo que necesitamos durante demasiado tiempo.

Reconocerlo exige observar la diferencia entre una decisión tomada libremente y otra condicionada por el miedo, la culpa o la necesidad de aprobación. No toda renuncia es negativa, ni toda elección personal es necesariamente acertada. El problema aparece cuando ceder se convierte en nuestra única manera de relacionarnos con los demás y dejamos de preguntarnos qué estamos perdiendo con cada concesión.

Y aquí aparece una ironía bastante humana: podemos recordar perfectamente las necesidades de todo el mundo, pero cuando llega el momento de ocuparnos de las nuestras parece que necesitamos solicitar audiencia, presentar argumentos y esperar la aprobación de un comité imaginario. Esa costumbre puede disfrazarse de generosidad, prudencia o paciencia, cuando en realidad puede esconder una dificultad para concedernos el mismo valor que ofrecemos a otros.

Por eso, antes de hablar de amor propio, conviene identificar esas situaciones en las que nos estamos dejando siempre para después. No para culpabilizarnos, sino para reconocer el patrón con honestidad y comprender qué precio tiene seguir actuando de la misma manera.

Elegirse implica reconocer que nuestras decisiones no pueden depender permanentemente de que otras personas las comprendan o las aprueben. Buscar opinión puede ser razonable cuando queremos valorar una situación, pero convertir esa opinión en una condición para actuar nos coloca en una posición de dependencia. No necesitamos que todos estén de acuerdo para reconocer lo que necesitamos.

Uno de los errores más frecuentes consiste en confundir aprobación con seguridad. Podemos escuchar consejos, considerar otras perspectivas y aceptar que quizá estemos equivocados, sin entregar a otra persona la responsabilidad de decidir por nosotros. La reflexión importante no es si nuestra elección gustará, sino si responde de manera coherente a aquello que consideramos necesario y asumible.

También conviene evitar el extremo contrario. Elegirse no significa ignorar cualquier crítica ni convertir cada desacuerdo en una prueba de que los demás no nos respetan. El amor propio no necesita construir una muralla alrededor de nuestras decisiones. Puede convivir con la capacidad de escuchar, revisar y rectificar cuando sea necesario.

Hay una escena bastante conocida: explicar una decisión una y otra vez hasta que la otra persona finalmente la acepta. Como si nuestras elecciones solo adquirieran validez después de superar un examen oral. A veces seguimos justificándonos cuando, en realidad, ya hemos explicado suficientemente lo que necesitábamos decir. Aprender a tolerar esa falta de aprobación también forma parte de elegirse.

Poner un límite puede resultar doloroso porque modifica una dinámica que quizá llevaba mucho tiempo funcionando de una determinada manera. No siempre duele el límite en sí; en ocasiones duele la reacción de quien estaba acostumbrado a que cediéramos. Por eso conviene no interpretar automáticamente la incomodidad como una señal de que hemos actuado mal.

Uno de los errores habituales es esperar que establecer un límite produzca tranquilidad inmediata. Puede aparecer culpa, tristeza, miedo al rechazo o incluso dudas sobre la decisión tomada. Estas emociones no demuestran por sí solas que el límite sea injustificado. Del mismo modo, poner límites de forma brusca, como mecanismo de castigo o con intención de controlar al otro, tampoco representa una forma saludable de cuidarse.

Existe además una idea bastante incómoda: a veces queremos poner un límite, pero también queremos que nadie se enfade por ello. Es una combinación difícil de sostener. No podemos controlar la reacción de los demás cada vez que dejamos de hacer aquello que esperan de nosotros. Podemos explicar nuestra posición con respeto, pero no garantizar que sea recibida con agrado.

Aceptar ese malestar forma parte del proceso de elegirse. No se trata de buscar el conflicto ni de convertir cada necesidad en una batalla, sino de comprender que cuidarnos puede tener un coste emocional. Y reconocer ese coste permite afrontar las decisiones con mayor honestidad, sin exigirnos sentirnos completamente seguros antes de defender aquello que consideramos importante.

Elegirse también exige saber qué significa realmente cuidarse. El amor propio no consiste en colocar nuestras necesidades por encima de las de los demás en cualquier circunstancia, sino en dejar de considerar que las necesidades ajenas siempre deben tener prioridad. Existe una diferencia importante entre proteger nuestro bienestar y utilizarlo como argumento para ignorar las consecuencias de nuestros actos.

Un error frecuente es convertir el autocuidado en una justificación para actuar sin responsabilidad. Decir «me estoy eligiendo» no convierte automáticamente cualquier decisión en una buena decisión. Si para sentirnos mejor necesitamos perjudicar deliberadamente a otra persona, incumplir compromisos o actuar desde el desprecio, quizá no estemos hablando de amor propio, sino de una forma de evitar responsabilidades.

También ocurre lo contrario: podemos sentirnos egoístas simplemente por decir que no, descansar o dejar de asumir tareas que nunca nos correspondieron. La culpa no siempre indica que estamos haciendo algo incorrecto. A veces aparece porque estamos haciendo algo diferente a lo que los demás esperan de nosotros.

Hay cierta ironía en todo esto: podemos pasarnos años diciendo que alguien debe quererse más y, cuando finalmente empieza a poner límites, preguntarnos qué le ha pasado. Como si el amor propio fuera estupendo mientras no altere nuestras comodidades. Elegirse implica cuidar de uno mismo sin dejar de reconocer que nuestras decisiones también tienen impacto en los demás.

Tomar una decisión que nos protege puede ser difícil; mantenerla cuando aparecen las dudas suele serlo todavía más. Después de alejarnos de una situación, rechazar una petición o cambiar una dinámica, es habitual recordar únicamente lo que perdemos y olvidar aquello que nos llevó a tomar esa decisión. Una elección coherente necesita tiempo para ser comprendida emocionalmente.

Uno de los errores más comunes consiste en confundir la incomodidad posterior con una equivocación. Sentir nostalgia, culpa o echar de menos a alguien no significa necesariamente que debamos regresar al punto anterior. Tampoco significa que toda decisión deba mantenerse indefinidamente. Lo importante es revisar sus motivos con honestidad, en lugar de modificarla únicamente para dejar de sentirnos incómodos.

Sostenerse tampoco significa actuar desde la rigidez. Podemos reconocer que una decisión necesita ser revisada cuando cambian las circunstancias o comprendemos algo que antes no veíamos. El amor propio no consiste en no cambiar nunca de opinión, sino en evitar que cada momento de debilidad decida por nosotros.

Y aquí aparece una pequeña paradoja: podemos pasar semanas pensando en tomar una decisión y, después de tomarla, necesitar solo cinco minutos malos para querer deshacerla. La mente tiene una curiosa facilidad para idealizar aquello que dejamos atrás cuando empieza a echarlo de menos. Por eso conviene recordar por qué nos elegimos, no únicamente cuánto nos cuesta hacerlo.

Cuando una persona empieza a escucharse de otra manera, sus relaciones pueden cambiar aunque no exista una intención expresa de modificarlas. Si durante mucho tiempo hemos aceptado determinadas dinámicas, cualquier cambio en nuestra forma de responder puede generar una reacción. Elegirse modifica la manera en la que participamos en algunas relaciones, y eso puede hacer visibles problemas que antes quedaban ocultos.

Uno de los errores habituales consiste en interpretar cualquier reacción negativa como una prueba de que debemos alejarnos. No toda incomodidad significa que una relación sea perjudicial. Las personas necesitan tiempo para adaptarse a cambios, especialmente cuando existen costumbres muy arraigadas. Por eso resulta importante distinguir entre un desacuerdo puntual y una dinámica en la que nuestros límites son ignorados de forma repetida.

También debemos evitar utilizar el amor propio como una explicación para romper vínculos sin reflexión. Elegirse no significa convertir cada conflicto en una despedida ni asumir que quien nos quiere debe aceptar todas nuestras decisiones sin cuestionarlas. Las relaciones sanas también contienen diferencias, conversaciones incómodas y momentos en los que ambas partes necesitan reajustarse.

Existe, además, una ironía difícil de ignorar: algunas personas dicen que quieren que seamos nosotros mismos hasta que ese «nosotros mismos» deja de comportarse como ellos esperaban. Entonces el cambio parece convertirse en un problema. No todas las relaciones soportan nuestra evolución de la misma manera, y reconocerlo puede resultar doloroso, pero también puede mostrarnos qué vínculos necesitan una nueva forma de relacionarse y cuáles dependían demasiado de nuestra renuncia.

Elegirse no significa vivir de espaldas a los demás, sino dejar de vivir permanentemente de espaldas a uno mismo. Implica prestar atención a aquello que venimos tolerando, revisar las decisiones que tomamos por miedo o costumbre y aceptar que algunas elecciones pueden generar incomodidad. El amor propio no elimina el conflicto: cambia aquello que estamos dispuestos a sacrificar para evitarlo.

Por eso, quizá la cuestión no sea preguntarnos si elegirnos va a doler, sino qué ocurre cuando nunca lo hacemos. Conviene observar nuestras decisiones con honestidad, asumir sus consecuencias y mantener la capacidad de rectificar cuando sea necesario. Elegirse no consiste en escoger siempre lo más fácil, sino en dejar de convertir la propia renuncia en el precio habitual de sentirse querido, aceptado o acompañado.


Yo creo que hemos romantizado demasiado la capacidad de aguantar. Nos hemos acostumbrado a llamar paciencia a permanecer donde nos hacen daño, generosidad a olvidarnos de nosotros mismos y amor a aceptar cosas que, en realidad, no deberíamos aceptar. Yo no creo que quererse consista en soportarlo todo para que los demás estén cómodos. Desde este proyecto, prefiero decirlo sin adornos: si para conservar una relación tengo que desaparecer poco a poco, el precio me parece demasiado alto.

Yo también desconfío de ese discurso fácil que convierte cualquier decisión personal en una muestra automática de amor propio. Elegirse no da permiso para ser cruel, irresponsable o indiferente. Para mí, el verdadero amor propio exige algo bastante menos cómodo: mirarme de frente, reconocer cuándo estoy renunciando a mí mismo y asumir que algunas personas pueden marcharse cuando deje de hacerlo. No quiero construir Reflexiones de Un Vasco alrededor de frases bonitas que tranquilicen durante cinco minutos; quiero hablar de aquello que incomoda, porque a veces una reflexión solo sirve cuando deja de acariciarnos y empieza a decirnos la verdad.


Espero que si un día te cruzas con este post, te sirva para pensar que haces con tu vida, que deseas, que necesitas y, por supuesto, te deseo que seas un pensador de libre pensamiento. Gracias por venir a la locura de mis pensamientos.

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