Hoy es 24 DE SEPTIEMBRE DE 2026. Hay momentos en los que me descubro haciendo las cosas de una manera distinta a como las hacía antes. Lo que antes me resultaba natural ahora me cuesta, lo que antes me ilusionaba ya no me despierta lo mismo y algunas decisiones que antes tenía claras hoy me generan dudas. No siempre sé explicar qué ha cambiado, pero noto que algo en mí ya no responde de la misma forma. Y, en ocasiones, esa diferencia me incomoda porque sigo comparando lo que soy con la persona que fui.
Existe una presión silenciosa por mantener nuestras costumbres, nuestras respuestas y hasta nuestra manera de relacionarnos. Como si cambiar de opinión, necesitar otros tiempos o dejar de hacer determinadas cosas fuera una señal de que estamos perdiendo algo. A veces me cuesta reconocer que no tengo la misma energía, las mismas prioridades ni la misma forma de mirar la vida. Y esa sensación de no encajar en mi propia versión anterior puede resultar más difícil de aceptar de lo que me gustaría admitir.
La reflexión del 24 DE SEPTIEMBRE DE 2026
RETOMAR CON INTENCIÓN
A veces me descubro intentando hacer las cosas como antes, y me cuesta aceptar que ya no soy la misma persona. Algo en mí ha cambiado.
Y aunque una parte de mí eche de menos lo conocido, también entiendo que no todo tiene que seguir igual. Hay cambios que duelen porque hablan de quién fui.
No todo lo que cambia en mí, necesita volver a ser como antes.
¿LO ANALIZAMOS?
Cuando medimos el presente con lo que fuimos
A veces, el mayor peso no está en el cambio, sino en la comparación constante con nuestra manera de ser anterior. Me descubro pensando que antes podía hacer determinadas cosas con más facilidad, que tenía otras prioridades o que reaccionaba de una forma que ahora ya no me representa. Y, sin darme cuenta, convierto ese recuerdo en una medida con la que juzgo mi presente. Como si lo conocido tuviera más valor por el simple hecho de haber funcionado en otro momento de mi vida.
También es frecuente interpretar cualquier cambio como una pérdida. Si ya no disfrutamos de los mismos planes, si necesitamos más tiempo para nosotros o si dejamos de responder a ciertas expectativas, podemos llegar a pensar que estamos fallando. Esa mirada nos hace olvidar que las circunstancias también se transforman y que no siempre podemos mantener la misma disposición ante todo. El problema aparece cuando exigimos continuidad a una persona que está atravesando experiencias diferentes. No porque cambiar sea siempre sencillo, sino porque pretender que nada se mueva puede generar una tensión que termina alejándonos de lo que realmente estamos sintiendo.
Reconocerse en una forma distinta de estar
Hay algo que cambia cuando dejamos de observar nuestra vida únicamente desde lo que hacíamos antes. No significa que todo lo anterior pierda sentido, ni que tengamos que renunciar a las partes de nosotros que todavía reconocemos. Significa que, en ocasiones, la forma de estar en el mundo se modifica sin que exista una explicación concreta para cada detalle. Un día descubrimos que necesitamos otras conversaciones, otros ritmos o una manera diferente de afrontar aquello que nos sucede. Y reconocerlo puede despertar una mezcla de tranquilidad, extrañeza e incluso cierta tristeza.
A mí me cuesta aceptar que algunas cosas ya no me salen de la misma manera. Hay costumbres que antes formaban parte de mi día y que ahora siento más lejanas. También hay personas, lugares y situaciones que sigo valorando, aunque mi relación con ellas haya cambiado. Esa diferencia no siempre necesita una respuesta inmediata. A veces basta con reconocer que estoy en otro punto, con otras experiencias y otra sensibilidad. No todo lo que fui tiene que desaparecer, pero tampoco todo lo que fui tiene que seguir dirigiendo mi manera de vivir.
CONCLUSIÓN
Quizá parte de la incomodidad que sentimos cuando algo cambia nace de no reconocer del todo a la persona que estamos siendo. Nos hemos acostumbrado a determinadas formas de vivir, de sentir y de relacionarnos, y cuando dejan de encajar aparece una sensación difícil de nombrar. No siempre echamos de menos lo que hacíamos; en ocasiones, echamos de menos la seguridad de saber quiénes éramos cuando lo hacíamos. Y aceptar esa diferencia también implica reconocer que nuestra historia no permanece detenida en un mismo lugar.
Al mirar hacia dentro, puede aparecer una pregunta sencilla, aunque no siempre fácil de responder: ¿cuánto de lo que extraño pertenece realmente a mi vida de antes y cuánto pertenece a la necesidad de sentirme como entonces? No hace falta resolverla de inmediato. A veces, basta con permanecer un momento junto a esa sensación y reconocer que hay partes de nosotros que siguen presentes, mientras otras han encontrado una forma distinta de existir.
LA OPINIÓN PERSONAL DE ENDIKA
Yo no creo que tengamos que seguir haciendo las cosas como antes para demostrar que seguimos siendo los mismos. Me parece una exigencia absurda, aunque la hayamos aprendido a aceptar como algo normal. Hay momentos en los que insistir en una forma de vivir que ya no nos representa no es fidelidad a nuestra esencia, sino miedo a reconocer que hemos cambiado. Y no quiero construir mis reflexiones desde la idea de que toda transformación debe celebrarse, porque también hay cambios que duelen, que desconciertan y que nos obligan a despedirnos de partes de nuestra vida. Pero tampoco voy a defender la obligación de permanecer iguales para que los demás se sientan cómodos.
Desde Reflexiones de un Vasco, no quiero vender la evolución como una frase bonita ni convertir cada cambio en una lección de superación. Quiero hablar de lo que ocurre cuando dejamos de encajar en nuestra propia historia y nos cuesta admitirlo. Para mí, hay una honestidad necesaria en reconocer que ya no funcionamos igual, que algunas cosas han perdido su lugar y que otras todavía no sabemos dónde colocarlas. No me interesa que volvamos a ser quienes fuimos. Me interesa que dejemos de mentirnos cuando ya no lo somos.
Un fuerte abrazo de un vasco que ha reflexionado.
Visitas: 3
BIENVENIDO A LA PORTADA DE UNA LOCURA REFLEXIVA.
Estas son las reflexiones de un vasco que a lo largo de su vida se han ido almacenando en su cabeza.
