REFLEXIÓN 35: OCTUBRE Y EL ARTE DE RECOGERSE

Octubre tiene una manera particular de recordarnos que no todo en la vida consiste en avanzar, producir y llenar espacios. Los días se acortan, cambia la luz y el paisaje comienza a desprenderse de aquello que durante meses parecía imprescindible. A veces necesitamos recogernos precisamente cuando el mundo nos sigue pidiendo que continuemos corriendo. No es una cuestión de nostalgia ni de convertir el otoño en una metáfora perfecta, sino de observar cómo también nosotros necesitamos modificar el ritmo cuando cambia la etapa.

Vivimos demasiado acostumbrados a interpretar cualquier pausa como una pérdida de tiempo. Si tenemos menos ganas de salir, de hacer planes o de mantener el mismo nivel de actividad, enseguida buscamos una explicación o intentamos corregirlo. Sin embargo, octubre propone otro escenario: menos exposición, más calma y cierta necesidad de mirar hacia dentro. Recogerse también forma parte de vivir, aunque todavía nos cueste aceptar que no todas las etapas están hechas para mostrarse hacia fuera.

REFLEXIÓN 35: OCTUBRE Y EL ARTE DE RECOGERSE
REFLEXIÓN 35: OCTUBRE Y EL ARTE DE RECOGERSE

Octubre introduce un cambio que no siempre sabemos interpretar. Después de meses asociados a mayor actividad, planes y movimiento, aparece una sensación distinta: menos luz, temperaturas más moderadas y una cierta necesidad de bajar el ritmo. No todo cambio de energía significa que algo vaya mal. También puede ser una señal de que estamos entrando en otra etapa y necesitamos adaptar nuestras expectativas a ella.

El error habitual consiste en intentar mantener exactamente el mismo ritmo durante todo el año. Pretender que cada semana sea igual, que la motivación permanezca intacta y que nuestra disponibilidad no cambie conduce fácilmente al cansancio. Forzarnos a funcionar como si nada hubiera cambiado también es una forma de ignorar lo que necesitamos.

Y aquí aparece una pequeña ironía: llega octubre y algunos seguimos organizando la vida como si tuviéramos que demostrar que las vacaciones nunca ocurrieron. Agenda llena, compromisos acumulados y la sensación de que parar requiere una justificación oficial. Confundimos actividad con avance, cuando hacer más cosas no garantiza estar viviendo mejor ni atendiendo lo verdaderamente importante.

Aceptar el cambio de ritmo no significa abandonar responsabilidades ni convertir la calma en una excusa. Significa observar qué está cambiando y ajustar nuestra manera de estar. La adaptación empieza cuando dejamos de exigirnos funcionar siempre de la misma manera.

Recogerse no significa desaparecer. Existe una diferencia importante entre necesitar más espacio personal y utilizar la distancia para evitar aquello que nos incomoda. Octubre puede favorecer una actitud más tranquila, pero esa tranquilidad pierde sentido si termina convirtiéndose en aislamiento, abandono de responsabilidades o desinterés por las personas que forman parte de nuestra vida.

Uno de los errores más frecuentes es interpretar cualquier necesidad de estar solo como una invitación a cortar con todo. Reducir el ruido puede ser saludable; romper innecesariamente los vínculos no es lo mismo. Recogerse implica seleccionar mejor dónde ponemos nuestra atención, no levantar muros alrededor de nosotros. Mantener algunas conversaciones, cuidar determinadas relaciones y seguir presentes en lo esencial también forma parte de ese proceso.

La ironía está en que vivimos rodeados de posibilidades para comunicarnos y, aun así, podemos utilizar la necesidad de calma como una excusa perfecta para no contestar, no quedar y no explicar nada. Hasta la introspección puede convertirse en una forma sofisticada de evasión cuando la utilizamos para no enfrentarnos a lo que tenemos pendiente.

Recogerse de manera consciente supone bajar el volumen sin apagarlo todo. Es reservar momentos de silencio, reducir estímulos innecesarios y recuperar cierta intimidad sin dejar de participar en la propia vida. La calma no exige desaparecer, sino aprender a estar de otra manera.

Descansar implica permitir que el cuerpo y la cabeza reduzcan su exigencia durante un tiempo. Huir, en cambio, consiste en utilizar la pausa para aplazar aquello que sabemos que necesita nuestra atención. La diferencia no siempre resulta evidente, porque ambas situaciones pueden parecerse desde fuera. La clave está en preguntarnos qué estamos haciendo con el silencio que hemos buscado.

Un error habitual es pensar que cualquier retirada es beneficiosa por el simple hecho de alejarnos del ruido. Podemos dejar de responder mensajes, cancelar planes o encerrarnos en nuestra rutina y seguir exactamente igual de inquietos por dentro. Cambiar de escenario no siempre significa cambiar de estado. El descanso debería ofrecer un espacio para recuperar cierta claridad, no convertirse en una estrategia para evitar conversaciones, decisiones o responsabilidades.

También existe el extremo contrario: sentir culpa cada vez que necesitamos parar. Hemos aprendido a valorar tanto la actividad que incluso el descanso parece tener que demostrar alguna utilidad. Si no estamos produciendo, resolviendo o avanzando, aparece la sospecha de que estamos perdiendo el tiempo. Descansar no necesita justificarse con resultados posteriores. Tiene sentido por sí mismo cuando permite recuperar presencia y atención.

Octubre puede ser un buen momento para observar esa diferencia sin dramatizarla. Recogerse puede significar bajar el ritmo, disfrutar de momentos de soledad y dejar espacio al pensamiento. Pero si la pausa solo sirve para posponer lo que duele, ya no estamos descansando: estamos aplazando.

Cuando el ritmo disminuye, aparece una oportunidad que durante los meses de mayor actividad puede pasar desapercibida: observar en qué estamos gastando nuestra atención. No todo lo que ocupa nuestro tiempo merece necesariamente nuestra energía. Hay conversaciones, preocupaciones, compromisos y hábitos que seguimos manteniendo por inercia, aunque ya no tengan el mismo sentido.

Uno de los errores más habituales consiste en confundir lo urgente con lo importante. Una notificación, una petición inmediata o una tarea pendiente pueden reclamar nuestra atención sin aportar verdadero valor a nuestro día. Si respondemos constantemente a todo lo que aparece delante, terminamos dejando poco espacio para aquello que necesita más calma. Atenderlo todo puede convertirse en una forma de no atender nada de verdad.

También conviene revisar las obligaciones que mantenemos simplemente porque siempre han estado ahí. Algunas siguen siendo necesarias; otras quizá puedan reducirse, reorganizarse o incluso desaparecer. La revisión no consiste en eliminar responsabilidades indiscriminadamente, sino en distinguir entre aquello que hemos elegido mantener y aquello que seguimos haciendo por costumbre.

Octubre puede servir como un punto de observación. No hace falta transformar la vida ni tomar decisiones drásticas. Basta con mirar durante unos días qué ocupa nuestra cabeza cuando tenemos un momento de silencio. La atención es limitada, y decidir dónde ponerla también forma parte de cuidar nuestra vida.también un lugar que podemos habitar.

Volver hacia dentro no requiere grandes rituales ni convertir cada momento de silencio en un ejercicio de introspección. A veces comienza con algo mucho más sencillo: dejar de llenar inmediatamente cualquier espacio vacío. Un paseo sin móvil, una comida tranquila o unos minutos sin estímulos pueden permitir que aparezcan pensamientos que normalmente quedan escondidos bajo la actividad cotidiana.

Uno de los errores habituales es esperar a tener tiempo para uno mismo como si ese tiempo fuera a aparecer por voluntad propia. La agenda tiende a ocupar cualquier hueco disponible. Si no reservamos pequeños espacios de calma, otras obligaciones terminarán ocupándolos. El tiempo personal no siempre se encuentra; muchas veces hay que protegerlo.

También conviene evitar convertir esta necesidad de recogimiento en otra obligación más. Si empezamos a medir cuánto meditamos, cuánto escribimos, cuánto pensamos o cuánto hemos conseguido desconectar, podemos terminar reproduciendo dentro del descanso la misma exigencia de la que pretendíamos alejarnos. La ironía es evidente: hasta descansar puede acabar convertido en una tarea pendiente.

Crear espacios hacia dentro significa permitir cierta pausa sin exigirle un resultado inmediato. No se trata de encontrar respuestas constantemente, sino de recuperar un lugar mental donde poder escucharnos con algo más de honestidad. A veces necesitamos menos respuestas y más espacio para formular correctamente lo que nos está pasando.

Octubre marca una parte avanzada del año, pero no debería convertirse en una cuenta atrás. Cuando empezamos a pensar demasiado pronto en todo lo que queda por hacer, podemos transformar los últimos meses en una carrera para compensar lo que creemos que no hemos conseguido. Cerrar el año con sentido no significa terminarlo todo, sino comprender mejor qué merece nuestra atención.

Un error frecuente es utilizar esta etapa para hacer balances apresurados. Revisamos objetivos, pendientes y decisiones como si nuestra vida pudiera resumirse en una lista de resultados. Ese enfoque deja fuera algo importante: también forman parte del año las experiencias que nos han cambiado, aunque no aparezcan en ninguna agenda. Lo que hemos aprendido, aceptado o dejado atrás puede tener más importancia que aquello que conseguimos completar.

Tampoco hace falta esperar a diciembre para corregir el rumbo. Si algo ya no funciona, podemos observarlo ahora y modificarlo sin convertir cada cambio en una declaración solemne. Octubre ofrece margen para hacerlo con cierta perspectiva, antes de que el final del año vuelva a llenarse de compromisos, celebraciones y balances.

Recogerse en esta época puede ser una manera de mirar hacia los meses que quedan sin ansiedad y sin falsas promesas. No necesitamos llegar a diciembre con una vida perfectamente ordenada. Necesitamos llegar sabiendo qué queremos seguir cuidando y qué ya no tiene sentido arrastrar.

Octubre nos ofrece una oportunidad sencilla: hacer una pausa suficiente para observar cómo estamos viviendo. No para detener nuestra vida ni para aislarnos, sino para reconocer qué ritmo podemos sostener, qué merece nuestra atención y qué espacios necesitamos recuperar. Aplicarlo en la práctica puede ser tan concreto como revisar compromisos, proteger algunos momentos de calma y dejar de llenar automáticamente cada hueco de la agenda.

Recogerse también implica aceptar que no todas las etapas requieren la misma energía ni la misma exposición. Hay momentos para salir hacia fuera y momentos para volver hacia dentro, sin convertir ninguno de ellos en una obligación. Quizá el verdadero ejercicio de este octubre sea aprender a bajar el ruido sin desaparecer de nuestra propia vida y continuar el año con una mirada algo más consciente sobre aquello que decidimos conservar.


Yo creo que nos hemos acostumbrado demasiado a vivir hacia fuera. Llenamos la agenda, respondemos a todo, opinamos de todo y necesitamos estar permanentemente ocupados para sentir que estamos haciendo algo con nuestra vida. Yo no compro esa idea de que estar siempre disponible sea sinónimo de estar presente. Desde este proyecto defiendo precisamente lo contrario: creo que una persona que nunca se detiene acaba perdiendo la capacidad de distinguir entre lo que realmente necesita y aquello que simplemente se ha acostumbrado a perseguir.

También creo que utilizamos demasiadas veces el cansancio como explicación cuando, en realidad, el problema está en que no sabemos renunciar. Yo mismo considero que recogerse exige algo bastante más incómodo que apagar el teléfono durante un rato: exige reconocer qué cosas ya no quiero seguir sosteniendo. Y ahí es donde empieza lo difícil. Porque descansar es fácil; lo verdaderamente incómodo es mirar nuestra propia vida y admitir que parte del ruido que nos agota lo hemos creado nosotros mismos.


Espero que si un día te cruzas con este post, te sirva para pensar que haces con tu vida, que deseas, que necesitas y, por supuesto, te deseo que seas un pensador de libre pensamiento. Gracias por venir a la locura de mis pensamientos.

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Estas son las reflexiones de un vasco que a lo largo de su vida se han ido almacenando en su cabeza.

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